miércoles, 22 de julio de 2015

I Forget Where We Were.

Tiene un láser verde que atraviesa la capa de ozono y caza estrellas, un corazón, que caza mariposas y las enjaula en mi estómago y mira que me abro las costillas para que salgan pero nada.

¿Sabes? me moría por mirarte a los ojos y decirte:
¡Me duelen los labios de besarte!
pero no pude porque no llegué a besarte tanto como para poder decírtelo me quedé con la ganas, así que sí, ahora me muero por besarte el infinito, infinitamente.

No tengo un nudo en la garganta, tengo el corazón anudado.

Las sábanas blancas, tus locas ideas de sacarme un beso como un as debajo de la manga, ilusionista cuando quieres, caótica cuando me quieres más y no te atreves, ahora soy yo el ilusionista que te saca una sonrisa del sombrero, que venga Van Gogh a pintar esta noche estrellada, que esta sonrisa contigo es una loa a la vida, pero tú tienes los pelos de punta gracias a mí y no hace frío.

Ahora, que estoy en mi sofá tirado llega a mi el recuerdo de tí preguntándome, “¿cómo te sientes? después de tirarte a no sé cuántas, flacas, gordas, con tetas de goma espuma o más duras que el plomo, sobre tu lomo, queriendo ser el protagonista, como si ser mujeriego tuviera el sentido que tiene el amor, como si te atrevieras a tirarte a cualquiera. ¿Cuántas mujeres más para sentirte más vacío?”



Me haces daño regalándote y acordándote diciendo que yo sí podía llenarte y ellos no. Traicionaste a tu utopía, no te creías ni tu propio amor, qué poca esperanza te dabas, menos que Noah en la película.

La vida te dio patadas y te acostumbraste tú luego a darlas, dármelas, dárselas al arsenal de besos que traía felicidad. Éramos mejor separados que juntos, jugamos la partida sin tirar los dados y ganamos, dos luciérnagas buscándose en la noche, besándonos en el capó de mi coche.

Y yo puedo seguir volando con mi weed, pero la maría no me va a regalar tu presencia real sino tu pura ausencia, no confundas imaginación con esencia.

¡Vamónos a Ámsterdam!
Pasteles con surprise, besitos de marihuana en la Plaza Dam,
cuánto junkie y cuánto arte, vámonos a escalar la Torre Eiffel, que nos pinten en Montmartre, que nos llamen bohemios, vamos a ahogarnos en Venecia, y se burlen de nuestra elocuencia.

¿Te acuerdas de la peli? Quiéreme si te atreves, pues ellos se atrevieron muchas mas veces que nosotros y murieron juntos, lo que pasa es que no nos atrevemos a querernos porque sabemos que tenemos el poder de destruirnos.

Seguiré viviendo a expensas de chicas que colecciono en la despensa del amor placebo, que quiero a una que otra y las otras las esquivo.
Si tu estado anímico es depresivo crees que puedes excusarte, ¿verdad?

No quiero seguir buscando comprensión con la líbido, que luego sé que el corazón me cobrará las deudas. Todo eso se quedó grabado y de eso no salimos porque nos gustó demasiado tenernos, y fluímos separados pero desembocamos en el mismo río, como peces muertos.


Qué jodido fue perdernos.. 





jueves, 28 de mayo de 2015

Rojo.

A veces tengo la necesidad de desconfiar de todo lo de ahí afuera. De las palabras, los pies apuntando en una dirección y del cielo despejado. De las buenas formas y el vino caro. Del orden, los acordes afinados, hasta de la luz blanca. Y no sé cual es la causa de vestirme con el chaleco antibalas, además que suelo colgarlo de vuelta en el armario sin ningún agujero recientemente, pero las costuras de los anteriores persisten ahí como cicatrices en la piel.

Supongo que trato de prevenir, que sé yo, por si la vida aprieta el gatillo. Y no hago referencia al pasado ni al tópico de ir con pies de plomo, tener coraza o el muro de Berlín delante de las narices. Vale, que el pasado es maestro y uno aprende, pero a veces no es nada mas que farsas.
El pasado te envuelve en una venda infinita y del sarcófago no te saca ni Dios. Esto les sonará a los que echan raices de experiencias vividas, y bien habría que podarlos, por vivir un poco, vamos. Unos con raices y yo yéndome por las ramas. 



Quería decir, que no sé qué puñetero motivo me arrastra a lo caótico, a taparme con la bufanda y bajar la avenida escuchando a cantantes insatisfechos con la vida. A cuestionarme el mundo. ¿Quién me sopla la tristeza? ¿Por qué hay cosas que son como son? Y... ¿hay cosas que son como son? Por ejemplo, si el semáforo en verde no te garantiza la vida, una sonrisa puede ser una trampa. Un pensamiento extremo, sí, pero perdóname, hoy es mi día caótico, la bufanda me viene grande y al iPod no le queda batería. 
Y siempre digo que la balanza de la vida se inclina hacia lo maravilloso que puede ofrecer, pero supongo que lucha contra las personas, a las que muchas veces lo maravilloso les queda grande. 


Ahí, es donde la vida te sorprende y en el peor de los momentos te muestra por la perilla de la puerta de la que sale un hilo rojo. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper. Supongo que estamos destinados a veces en la vida a tan solo tener la dicha de verlo por unos instantes, pero os recuerdo que tan solo por el simple hecho de tener la oportunidad de presenciarlo significa que la vida no te ha olvidado. Tal como la historia de aquel anciano que vive en la luna, sale cada noche en busca de aquellas almas que están predestinadas a encontrarse en la Tierra. 

Cuando las encuentra, las ata con un hilo rojo para que no se pierdan jamás.


Estamos atados con una unión imposible, como una cinta de seda que mantiene aflojar siempre, una vez, dos veces, y otra vez y una vez más. Obligados por siempre a estar siempre separados y para siempre cerca como líneas paralelas que nunca toque pero nunca separar, cuerdas delicadas seda de amar que nunca se puede hacer un nudo sólido

En mi caso, mi hilo rojo estuvo frente a mis ojos todo este tiempo.







miércoles, 6 de mayo de 2015

Sorry, not guarantees included.


Cuántas veces queremos lo que queremos aunque sepamos cuál es el destino fatal? No podemos escapar de quienes somos y por más que quiera creer que hay una verdad más allá de toda ilusión, no puedo evitar pensar que no la hay, que no existe. No quiero engañarme. No quiero el placebo del optimismo ni la motivación de siempre. Porque entre la realidad y el halo de luz en que la mente alcanza la realidad, hay una sala intermedia, donde dos superficies totalmente distintas se juntan y se diluyen para proporcionar lo que la vida no te da; y este es el espacio donde existe toda la magia. Cualquier arte. Donde existe, me atrevería a decir…. todo el amor. O, con más exactitud, esta sala intermedia ilustra el absurdo y la contradicción esencial del amor. 

Aléjate un paso y la ilusión vuelve. La ilusión vuelve como una luz de neón, brillando más que nunca. Más viva que la vida misma… Constante. Un montón de fotografías en la pared, el momento en el que tu dedo índice tocó su mejilla y se rió… Del mismo que la música es el intervalo entre las notas, y los astros son mucho más hermosos debido al espacio que hay entre ellos bailando en la nada, y el sol que cae y cae sobre las frágiles gotas de lluvia en ángulo arrojando un prisma de color al cielo… Así, donde yo soy y existo, y donde quiero seguir siendo,sintiendo,viviendo,existiendo, y donde, si soy muy sincero, espero morir, es exactamente esa media distancia: donde la desesperación te alcanza en otra dimensión y crea algo sublime...



Cuando te acuerdes de mí, significa que te has llevado algo de lo que soy contigo, que he dejado alguna huella de lo que soy en lo que eres. Esto significa que puedes llamarme de nuevo a tu mente a pesar de los incontables años y kilómetros que pueden interponerse entre nosotros... Esto significa que si nos encontramos de nuevo, ya me conoces. Esto significa que incluso después de mi muerte, aún puedes ver mi cara, escuchar mi voz y hablarme desde tu corazón. Durante el tiempo que te acuerdas de mí, yo nunca estaré del todo perdido. Esto significa que sabiendo que aun existe una posibilidad de tan solo tantear tus labios con la superficie de los míos, y saber allí que lo mejor de un beso es su preámbulo, tal vez nunca pase, y mi muerte llegue primero... Tal vez yo no venga con garantías ya que la única que necesito es a ti conmigo.

miércoles, 7 de enero de 2015

Nada número dos.

Me desbordaste los sentidos. Lo que pasa es que disimulaba muy bien lo de tener el corazón tan rojo, pero lo cierto es que comenzó a hacerse de plastilina. Y claro, yo no sabía si tus ojos... pero los míos te pedían cada día que no estabas; y debo de tener un día tonto porque me dicen al oído que te siguen pidiendo. ¿Cómo pueden hablarme mis ojos antes que mi boca? ¿Cómo pueden evocarte dos pupilas en el cruce de cada calle? ¿Cómo soy capaz de llevar la cuenta de los pasos que doy hasta encontrarte? Mis ojos hacen vudús para tenerte delante. No sabes lo que me apetece decirte que te echo de menos. No paro de repetírmelo, de repetírtelo. Te echo de menos tanto, que ni te conozco.
¿Te acuerdas cuando me apretabas los puños y me deseabas suerte?.
Irradiaba luz. Y es verdad, nunca había brillando tanto. Eso que dicen de que el amor mueve montañas... pues todas las montañas que tengo bajo la piel, me las moviste tú. 

Moviste icerbergs. Abriste mares. Me hiciste la guerra con terremotos y tornados y bombas y ausencias y aullidos y me enamoré de ti. Por las noches, en el techo de la habitación, las estrellas explotaban y caían copos de nieve. Dime que tú también podías verlos. Y lo único de lo que me pude percatar de lo que me dijiste fue nada, perdido en tus dos pupilas radiantes de emociones discontinuadas con fecha de hace varios años expiradas deseando fervozmente y anhelando nuevas que perdida en un mar de dudas, dudas que les puedas conseguir. Donde lo mas importante es que recuerdo perfectamente aquel momento. Era uno de esos días tan otoñales que dibujan las películas, uno de esos días en los que el sol se empeña en disimular la temperatura real. 

Lo cierto es que hacía frío fuera y diluviaba en casa. Recuerdo estar empapados por los fríos de las buenas intenciones, recuerdo cómo empezamos a decirnos adiós. Recuerdo a mí yo más mentiroso, escupiendo frases rellenas de buenos deseos que escondían mis ansias de que no encontrara nada ni nadie mejor, que no pudiera resguardarse del ruido arropándose en otro lugar que no fueran mis brazos ni la manta que compramos en aquellas rebajas de la tienda de la esquina. 

Qué se yo, yo qué sé, qué importa ya… Cualquier parte me parecía el fin del mundo, cualquier distancia me resultaba eterna en tiempo y en espacio mientras su presencia se caracterizaba por estar en el mismo estado que mis sentimientos por ella durante muchos años, ausente. Pero ahora, la historia es otra...