A veces tengo la
necesidad de desconfiar de todo lo de ahí afuera. De las palabras, los pies
apuntando en una dirección y del cielo despejado. De las buenas formas y el
vino caro. Del orden, los acordes afinados, hasta de la luz blanca. Y no sé
cual es la causa de vestirme con el chaleco antibalas, además que suelo
colgarlo de vuelta en el armario sin ningún agujero recientemente, pero las
costuras de los anteriores persisten ahí como cicatrices en la piel.
Supongo que
trato de prevenir, que sé yo, por si la vida aprieta el gatillo. Y no hago
referencia al pasado ni al tópico de ir con pies de plomo, tener coraza o el
muro de Berlín delante de las narices. Vale, que el pasado es maestro y uno
aprende, pero a veces no es nada mas que farsas.
El pasado te envuelve en una
venda infinita y del sarcófago no te saca ni Dios. Esto les sonará a los que
echan raices de experiencias vividas, y bien habría que podarlos, por vivir un
poco, vamos. Unos con raices y yo yéndome por las ramas.
Quería decir,
que no sé qué puñetero motivo me arrastra a lo caótico, a taparme con la
bufanda y bajar la avenida escuchando a cantantes insatisfechos con la vida. A
cuestionarme el mundo. ¿Quién me sopla la tristeza? ¿Por qué hay cosas que son
como son? Y... ¿hay cosas que son como son? Por ejemplo, si el semáforo en
verde no te garantiza la vida, una sonrisa puede ser una trampa. Un pensamiento
extremo, sí, pero perdóname, hoy es mi día caótico, la bufanda me viene grande
y al iPod no le queda batería.
Y siempre digo que la balanza de la vida
se inclina hacia lo maravilloso que puede ofrecer, pero supongo que lucha
contra las personas, a las que muchas veces lo maravilloso les queda
grande.
Ahí, es donde la
vida te sorprende y en el peor de los momentos te muestra por la perilla de la
puerta de la que sale un hilo rojo. El hilo se puede estirar o contraer,
pero nunca romper. Supongo que estamos destinados a veces en la vida a tan solo
tener la dicha de verlo por unos instantes, pero os recuerdo que tan solo por
el simple hecho de tener la oportunidad de presenciarlo significa que la vida
no te ha olvidado. Tal como la historia de aquel anciano que vive en la
luna, sale cada noche en busca de aquellas almas que están predestinadas a
encontrarse en la Tierra.
Cuando las
encuentra, las ata con un hilo rojo para que no se pierdan jamás.
Estamos
atados con una
unión imposible, como una cinta de seda que mantiene aflojar siempre, una vez,
dos veces, y otra vez y una vez más. Obligados por siempre a estar siempre separados
y para siempre cerca como líneas paralelas que nunca toque pero nunca separar,
cuerdas delicadas seda de amar que nunca se puede hacer un nudo sólido
En
mi caso, mi hilo rojo estuvo frente a mis ojos todo este tiempo.
A veces tengo la
necesidad de desconfiar de todo lo de ahí afuera. De las palabras, los pies
apuntando en una dirección y del cielo despejado. De las buenas formas y el
vino caro. Del orden, los acordes afinados, hasta de la luz blanca. Y no sé
cual es la causa de vestirme con el chaleco antibalas, además que suelo
colgarlo de vuelta en el armario sin ningún agujero recientemente, pero las
costuras de los anteriores persisten ahí como cicatrices en la piel.
Quería decir,
que no sé qué puñetero motivo me arrastra a lo caótico, a taparme con la
bufanda y bajar la avenida escuchando a cantantes insatisfechos con la vida. A
cuestionarme el mundo. ¿Quién me sopla la tristeza? ¿Por qué hay cosas que son
como son? Y... ¿hay cosas que son como son? Por ejemplo, si el semáforo en
verde no te garantiza la vida, una sonrisa puede ser una trampa. Un pensamiento
extremo, sí, pero perdóname, hoy es mi día caótico, la bufanda me viene grande
y al iPod no le queda batería.
Y siempre digo que la balanza de la vida
se inclina hacia lo maravilloso que puede ofrecer, pero supongo que lucha
contra las personas, a las que muchas veces lo maravilloso les queda
grande.



No hay comentarios:
Publicar un comentario