miércoles, 7 de enero de 2015

Nada número dos.

Me desbordaste los sentidos. Lo que pasa es que disimulaba muy bien lo de tener el corazón tan rojo, pero lo cierto es que comenzó a hacerse de plastilina. Y claro, yo no sabía si tus ojos... pero los míos te pedían cada día que no estabas; y debo de tener un día tonto porque me dicen al oído que te siguen pidiendo. ¿Cómo pueden hablarme mis ojos antes que mi boca? ¿Cómo pueden evocarte dos pupilas en el cruce de cada calle? ¿Cómo soy capaz de llevar la cuenta de los pasos que doy hasta encontrarte? Mis ojos hacen vudús para tenerte delante. No sabes lo que me apetece decirte que te echo de menos. No paro de repetírmelo, de repetírtelo. Te echo de menos tanto, que ni te conozco.
¿Te acuerdas cuando me apretabas los puños y me deseabas suerte?.
Irradiaba luz. Y es verdad, nunca había brillando tanto. Eso que dicen de que el amor mueve montañas... pues todas las montañas que tengo bajo la piel, me las moviste tú. 

Moviste icerbergs. Abriste mares. Me hiciste la guerra con terremotos y tornados y bombas y ausencias y aullidos y me enamoré de ti. Por las noches, en el techo de la habitación, las estrellas explotaban y caían copos de nieve. Dime que tú también podías verlos. Y lo único de lo que me pude percatar de lo que me dijiste fue nada, perdido en tus dos pupilas radiantes de emociones discontinuadas con fecha de hace varios años expiradas deseando fervozmente y anhelando nuevas que perdida en un mar de dudas, dudas que les puedas conseguir. Donde lo mas importante es que recuerdo perfectamente aquel momento. Era uno de esos días tan otoñales que dibujan las películas, uno de esos días en los que el sol se empeña en disimular la temperatura real. 

Lo cierto es que hacía frío fuera y diluviaba en casa. Recuerdo estar empapados por los fríos de las buenas intenciones, recuerdo cómo empezamos a decirnos adiós. Recuerdo a mí yo más mentiroso, escupiendo frases rellenas de buenos deseos que escondían mis ansias de que no encontrara nada ni nadie mejor, que no pudiera resguardarse del ruido arropándose en otro lugar que no fueran mis brazos ni la manta que compramos en aquellas rebajas de la tienda de la esquina. 

Qué se yo, yo qué sé, qué importa ya… Cualquier parte me parecía el fin del mundo, cualquier distancia me resultaba eterna en tiempo y en espacio mientras su presencia se caracterizaba por estar en el mismo estado que mis sentimientos por ella durante muchos años, ausente. Pero ahora, la historia es otra...





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